Boletín: 29 de Diciembre de 2018.

Documento nº 2
El odio como vínculo

Para Lacan: “el goce del prójimo, su goce nocivo, su goce maligno, es lo que se presenta como el verdadero problema para mi amor”.

Rosa López, en su artículo, El goce del Uno no es signo de amor: una reflexión sobre el odio (1) retoma este tema del amor al otro: “La cuestión es entender cómo el goce Uno puede llegar a relacionarse con el deseo del Otro”.

El amor como contingencia, nos dice, surge cuando dos hablantes se reconocen en sus síntomas, en sus afectos, en sus fallas, en aquello que constituye la huella de su exilio de la relación sexual. De manera tal que el amor hace que dos goces solitarios se unan en un destino común. Se trata, añade, de dos saberes inconscientes que entran en sintonía.
Pero esta ilusión se rompe cuando en este modo de relación irrumpe lo que encontramos del lado del ser, el goce singular a cada uno.

En los términos de Freud, en Pulsiones y destinos de pulsión: Cuando el vínculo de amor con un objeto determinado se interrumpe, no es raro que lo remplace el odio, por lo cual recibimos la impresión de que el amor se muda en odio. Pero añade, hemos de superar esta descripción como mudanza. Lo que está en juego para Freud y luego también para Lacan, cuando acuña el término odioamoramiento, es que el amor primero ya contenía en sí el odio, aunque velado, y al caer el amor “el odiar, dice Freud, cobra un carácter erótico de manera de garantizar la continuidad de un vínculo de amor” (2).

Frase paradójica en la que hay que detenerse: el odio en tanto ha sido erotizado garantiza la continuidad de un vínculo de amor. La experiencia clínica expuesta en nuestra comunidad de analistas da cuenta de algunas parejas para quienes el odio es el afecto que los mantiene unidos.

Con esto pasamos al odio como vínculo y a la psicología de las masas. Entre los diferentes “tratamientos posibles” de la pulsión de muerte, está la constitución de la masa como un intento unificante de dominar la pulsión. En los casos de estas ‘comunidades de goce’ el odio sostiene una identidad a partir del rechazo de lo que no se sabe. Es por tanto una identificación segregativa. Una identidad que se conquista en la prisa, como lo articula Lacan en el nuevo sofisma: 1º) Un hombre sabe lo que no es un hombre; 2º) Los hombres se reconocen entre ellos por ser hombres; 3º) Yo afirmo ser un hombre, por temor de que los hombres me convenzan de no ser un hombre. Una forma de asimilación del “yo” en la que Lacan ubica la barbarie (3).

Así, la angustia lo empuja a identificarse con un “yo soy” rechazando la diferencia entre los goces. Hay una llamada a un Uno que unifique, pero el costo de esta tramitación de la hostilidad entre los miembros que se reconocen como iguales entre ellos, es la constitución del enemigo, el extraño encarnado en el otro que goza de un modo diferente.

Con respecto a ese otro reconocido como un enemigo la desintricación de las pulsiones está justificada. La crueldad, el odio y la violencia tienen su razón de ser. Matarlo y disfrutar de su muerte está no sólo permitido es a la vez la prueba de pertenencia y reconocimiento del grupo.


Myriam Chang

Notas
1-Rosa López: “El goce del Uno no es signo de amor: una reflexión sobre el odio” en Letras Lacaniana nº 6, revista de psicoanálisis de la comunidad de Madrid-ELP. Madrid, 2013, p (61-2).

2-S. Freud: “Pulsiones y destinos de pulsión” [1915] en Obras Completas.Amorrortu editores. Buenos Aires, 1990, vol. XIV, p. 134.

3-J. Lacan: “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Nuevo sofisma” en Escritos 1.Siglo XXI editores. México 1990, p.203. 


Bibliografía  


Sigmung Freud
“Pulsiones y destinos de pulsión” [1915] en Obras Completas.Amorrortu editores. Buenos Aires, 1990, vol. XIV, p. (105-134).

“Amor y odio, que se nos presentan como tajantes opuestos materiales, no mantienen entre sí, por consiguiente, una relación simple. No han surgido de la escisión de algo común originario, sino que tienen orígenes diversos, y cada uno ha recorrido su propio desarrollo antes que se constituyeran como opuestos bajo la influencia de la relación placer-dispalcer. Esto nos impone la tarea de resumir lo que sabemos sobre la génesis del amor y del odio” (p.132-133)

“Es notable que en el uso de la palabra “odiar” no salga a la luz una referencia tan estrecha al placer y a la función sexuales; más bien, la relación de displacer parece la única decisiva. El yo odia, aborrece y persigue con fines destructivos a todos los objetos que se constituyen para él en fuente de sensaciones displacenteras, indiferentemente de que le signifiquen una frustración de la satisfacción sexual o de la satisfacción de necesidades de conservación. Y aún puede afirmarse que los genuinos modelos de la relación de odio no provienen de la vida sexual sino de la lucha del yo por conservarse y afirmarse” (p.132)

“En la etapa que sigue, la de la organización pregenital sádico-anal, el intento de alcanzar el objeto se presenta bajo la forma del esfuerzo de apoderamiento, al que le es indiferente el daño o la aniquilación del objeto. Por su conducta  hacia el objeto, esta forma y etapa previa del amor es apenas indiferenciable del odio. Sólo con el establecimiento de la organización genital el amor deviene el opuesto del odio” (p. 133)

Localización de las referencias bibliográficas por Mariam Martín